Ciudadanos y científicos co-investigando: oportunidades y problemas

Este nuevo siglo nos ha traído el prefijo co-. Han aparecido espacios de co-working, para trabajar juntos, iniciativas de co-creación para crear productos con los usuarios o co-propietarios que comparten la propiedad y el uso de un objeto cuando no lo necesitan. La filosofía 2.0 ha popularizado el crowdsourcing, iniciativas de esfuerzo voluntario colectivo para resolver problemas juntos.

Esto también ha llegado al mundo de la investigación. En 1999, el proyecto SETI@home animaba a grupos de voluntarios a contribuir en la búsqueda de señales de vida extraterrestre compartiendo el tiempo de cálculo de sus ordenadores personales en red. En 2002, los ingenieros de la Universidad de California creaban la Berkeley Open Infrastructure for Network Computing (BOINC), un software que permitía a cualquier investigador desarrollar su tarea utilizando los recursos de computación distribuida de los ciudadanos.

Así nacieron proyectos como Rosetta@home. El bioquímico David Baker, su fundador, junto con otros compañeros, adaptaron BOINC para resolver el difícil reto de entender cómo se pliegan las proteínas. Miles de voluntarios veían en la pantalla de sus ordenadores como avanzaban los cálculos para curvar una cadena lineal de aminoácidos en una estructura tridimensional que minimizara las tensiones. Pero las personas tenemos habilidades espaciales superiores a las de los ordenadores. Pronto, los voluntarios comenzaron a escribir a los científicos proponiendo, ellos mismos, soluciones mejores a las calculadas. Esto inspiró a Baker, quien con la ayuda de programadores, desarrolló Foldit!, un juego donde los voluntarios competían y conseguían puntos colaborando en diseñar estrategias para plegar proteínas. Foldit! continúa siendo todo un éxito. No sólo ha dado lugar a publicaciones. Hay voluntarios, como Scott Zaccanelli, que han empezado a diseñar proteínas nuevas. Algunas de ellas han acabado siendo sintetizadas en el laboratorio.

Michael Kearns, informático de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia, cree que hemos entrado en una nueva era en la que personas y ordenadores trabajarán juntos para resolver grandes retos.

Acercar la ciencia al público, a través de compartir el proceso de investigación

La ciencia es una forma de describir el mundo en que vivimos. Nos ayuda a satisfacer tanto nuestra curiosidad por el entorno, como nuestras necesidades básicas. Desgraciadamente, la procedencia de los fondos necesarios para investigar, la importancia de las carreras científicas y el sesgado papel que están jugando muchas editoriales científicas y algunas empresas hace, que muchas veces, la ciencia, este conocimiento racional, sistemático y metódico que nos ayuda a entender y modificar el entorno, no sea pública y no llegue a los ciudadanos.

Hay muchos científicos escépticos que creen que utilizando estrategias como la computación distribuida pierden el control sobre su investigación y disminuyen su propia relevancia. Pienso, sin embargo, que toda acción que abra la ciencia y reafirme un vínculo más estrecho entre las personas y el saber es positiva. Iniciativas como estas de co-investigación, acercan de manera clara y directa el conocimiento más puntero a todos aquellos que quieran acercarse. Además, ponen en relevancia el saber colectivo y el valor de la contribución individual. Es ciencia de todos para todos. Co-investigación. Aun así, creo que aún faltan detalles para acabar de tener un buen modelo de trabajo conjunto.

Los modelos económicos de los procesos colaborativos son todo un ámbito de investigación científica. La Premio Nobel de Economía Elinor Ostrom ha trabajado sobre las formas de autoorganización equilibrada que mantienen un recurso común, por ejemplo: http://www.sciencemag.org/content/284/5412/278.full. También se pueden encontrar referencias a estos temas en teoría de juegos o redes complejas.

Las dificultades que se esconden detrás del trabajo colectivo

Es fácil estar a favor del avance colectivo, de la suma de esfuerzos y de la compartición de recursos distribuidos. ¿Dónde aparecen los problemas? Hoy, casi dos millones de personas de todo el mundo participan en algún tipo de investigación distribuida. Les motiva pertenecer a una red que hace avanzar la ciencia. Michael Kearns, informático de la Universidad de Pensilvania remarca, sin embargo, que puede llegar el día en que estas contribuciones ya no sean una novedad y no resulten atractivas. Zoran Popovic, informático que está detrás de Foldit!, por ejemplo, piensa que si queremos que el público continue contribuyendo en el plegado de las proteínas, se les ha de ofrecer entornos emocionantes que les retornen entretenimiento. Por lo tanto, también puede suceder todo lo contrario, que todo el mundo esté co-investigando en un proyecto u otro y no le quede más tiempo para nuevas iniciativas. Si fuera así, el sistema se saturaría.

El problema de la cantidad de participación no es el único. El equilibrio entre el retorno por el esfuerzo individual y el beneficio de grupo es también un punto donde tropiezan muchos proyectos co-. En todo proceso colaborativo necesitamos definir muy bien qué ofrecen y qué ganan las dos partes, en este caso voluntarios y científicos. El voluntario Scott Zaccanelli, ya se siente suficientemente remunerado tan sólo por contribuir a la solución de grandes problemas como el SIDA o el cáncer. Frente estas motivaciones, Michael Kearns plantea la necesidad, en un futuro próximo, de empezar a remunerar a los voluntarios. Para mí, sin embargo, lo más preocupante es que el trabajo de muchos individuos lleve un único nombre propio, que los beneficios económicos de muchas noches sin dormir de muchos entusiastas se acumulen en un solo bolsillo o que la filiación académica sirva para crear barreras entre científicos oficiales y voluntarios. Trebor Scholz, de The New School en Nueva York, lleva tiempo estudiando las perversas relaciones entre internet, los juegos, el trabajo y la explotación. ¿Podría la ciencia caer en los abusos del crowdsourcing como ha ocurrido en otros entornos?

La co-investigación científica es un apasionante camino a recorrer de ahora en adelante. Ahora bien, si queremos que ciudadanos y científicos co-creen la ciencia del siglo XXI nos tendremos que asegurar que alguien está velando por el correcto equilibrio entre esfuerzo y retorno.

Trebor Scholz, profesor de The New School en Nueva York, en “The Internet as Factory and Playground” ha recopilado casos donde la utilización del crowdsourcing roza con la más pura explotación del trabajo no remunerado.

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